lunes, 7 de mayo de 2012

Caprichos del dibujo de tiza en la acera

Las maldiciones continúan y aún no se proclama el verano: no puedo terminar de leer Rayuela.

Nunca me había tomado tanto tiempo leer un libro -¡y a la mitad!-. En Diciembre lo leía camino a casa, camino a la escuela y todas esas tardes largas en la oficina del hotel -en la que me dedicaba a leer ya sea el libro o blogs random via movil- y por más que quiera, desde hace más de 2 meses, leo -sin leer realmente- y me pregunto muy a menudo ''¿quién mierdas era Etienne?''

Es una de esas maldiciones literarias que sufre uno contadas veces en la vida. Sólo me había pasado una vez, en el 6to grado. Acá en México el gobierno te regala los libros de texto con los que ha de calificarte, y no te cuestan ni un sólo centavo, todo muy lindo, utópico y sostenible, ¿no? Pero a los de escuela privada nos tocaba 'doble chinga'. Nunca estudié en escuela pública, pero esto lo sé porque mi mamá engrapaba los libros a los niños de primaria -una vez le dije a mi papá que necesitaba engrapar mis libros... nos compró una engrapadora de papelería y mi mamá lucró con ello-. Igual, a los niños de la escuela pública le engrapaba como 9 libros, los de la SEP. A mi me daban 20. Los de la SEP -porque de a huevo te los dan- y otros de Editorial -porque a los burgueses les gusta decir que no necesitan de las limosnas de Adolfo López Mateos-. Sí, 2 libros de español, 2 de matemáticas, 2 de Historia, 3 de inglés... cualquier día me escapaba de mi casa y me iba a tocar las campanas en Notre Dame, cut da shit.

Junto con esos 11 libros de texto extras a la educación promedio, venía un paquete de lectura recreativa ''regalado'' lo que suma un total de 26 libros en una mochila que probablemente me doblaba el peso, pero igual... eran la merísima patata. Recuerdo cuando me los dieron en primer grado, eran edición azul celeste de Alfaguara y El Barco de Vapor. A partir de entonces fueron cambiando de color, lo cual es genial porque aún los conservo y en mi afán de simetría visual, puedo acomodar por escala cromática. En sexto grado eran de ese color naranja rojizo que nunca me ha gustado, pero pregonaba ''estoy a un año de salir de aquí y ni me pasa por la cabeza lo mucho que voy a odiar la secundaria''. Y el libro en sí se llamaba El Disco del Tiempo. 



Era muy bueno, considerando que no me llamaba mucho la atención eso de investigar significados místicos sobre discos-relojes del pasado que bien pueden contener en él el origen del universo, ni los problemas existenciales de una estudiante de informática, pero eran esas referencias tan precisas las que lo hacían a uno decir ''anda, cuéntame más''. Entonces, el día trágico. La maestra proclamó el inicio de la hora de lectura y yo saqué ese libro de portada ladrillesca, y tras 5 páginas de intrigante información doy vuelta a la hoja y no hay nada. El libro comienza desde el principio. Fue cinematográfico... ¿¡qué clase de realidad es esta!?  de 19 alumnos en el salón, esas cosas sólo me pasaban a mi. El coño de su madre.


Pasé a secundaria y jamás me dieron un libro con borde rojo como debería ser. No se por qué... tal vez era mera semántica a mantener en aquél nido de ratas de clase media alta con el mundo a sus pies, pero llenos de una pesadez para bajar la vista. Mierda, que los recuerdo y der hölle rache kocht in meinem herzen.  Y ahora, 6 años después no leo Rayuela no por error de fábrica -y mira que pensé que venía más defectuoso que la mierda- sino por mera... no sé por qué diablos. El mundo está enfermo, hermano.



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