jueves, 3 de noviembre de 2016

My Own Private Navolato

900 metros me separan en esta vida de las vías del ferrocarril, pero en las mañanas se sienten como centímetros. Muchas veces nos arrojan flyers a la puerta con precauciones a tomar y uno que otro fact sobre el transporte ferroviario, pues si quieres salir de este pueblo tus únicas opciones son seguir los plantíos hasta llegar a las montañas o atravesar las vías del tren. Hace dos años una mujer murió haciendo lo último.

Si tu opción es caminar por los campos de maíz hasta llegar a la sierra y consecuentemente al Este, probablemente te topes con el ganado bovino, porcino, y en una de esas también a los caballos de mi tío que detesto con furia. A 1100 metros de la ventana de mi habitación están las granjas, que usualmente logro ignorar a lo largo del día, pero que Dios me ampare, en la noche cuando los animales pastan o andan por ahí a libre voluntad, los olores de la ruralidad logran alcanzarnos a todos. 



Muchas veces en mofa se dice que la rutina es la espina dorsal de la vida provinciana, pero como muestra quede aquél 4 de Febrero de 2011 cuando la temperatura bajó a -4º, la más baja en más de medio siglo en esta región cuyos veranos promedian en 46º. La industria agraria se paralizaría al ver la muerte de los cultivos y cual japoneses, un puñado de agricultores se fueron suicidando uno a uno por las pérdidas millonarias. Yo esa noche no la olvido nunca porque tuve que irme a dormir con 6 calcetines en cada pie.

Infinidad de veces he tratado de romantizar este aislamiento, y a veces con suerte lo logro; la vida es más fácil cuando uno le halla lo lindo al ferrocarril oxidado, a los graneros brillantes y los aceros opacos de la agroindustria, a las montañas desde la ventana. Pero irremediablemente al final del día vuelve el aire seco, vuelven las casas calladas y la maravilla geográfica que es vivir a hora y media de todos lados.

A veces las historias familiares son más cíclicas de lo que deberían. Mi mamá veía el Este con los mismos ojos, y en una ocasión, cuando tenía aproximadamente mi edad a principio de los 80s, una tía lejana enfermó, necesitaba asistencia y mi abuelo la ofreció como tributo. Lo próximo que supo fue verse en una avioneta con destino a Durango, en el corazón de la Sierra Madre. Del pueblo ese recuerda casas grandes con patios que se miden por hectáreas, y gente muy rubia de piel roja, producto de la mezcla ya homogénea de originarios con algún pueblo alemán que llegó a las montañas hace mucho.

El trabajo era simple, asistir a la tía en sus necesidades, y el resto del tiempo libre era pasado en el río, en la montaña, y a veces espiando los sembradíos, donde menos de una semana le tomó descubrir que se sembraba amapola. Veía cómo los soldados recogían su parte y al final de recolecta, subían los sinaloenses dueños del producto con pistola en mano, y dejaban en cambio maletas con dólares. A mí nunca me va a dejar de dar risa que a pesar de estar atrapada en la sierra recién pasada la Operación Cóndor, a mi mamá lo que le daba miedo era el anochecer a las 4pm, todo porque a algún Hans o Klaus o Günther se le ocurrió construir la casa en el centro de un bowl de montañas.

El bummer, personalmente, viene cuando además de vivir en el lugar incorrecto, también se sepa con datos duros que la línea del tiempo fue más interesante mucho antes de uno mismo. Los días de gloria de mi pueblo pasaron hace 150 años, cuando a 40km de mi casa, por el puerto, llegó la flota francesa recién derrotada en Puebla por Zaragoza. Entraron por acá para el contraataque porque de seguro pensaron “¿qué mejor rival que un grupo de rancheros joviales?” joke’s on them. La gente combatió fusiles con piedras y palos, los nopales servían como defensa contra las tropas montadas y más de un francés fue arrojado a arbustos espinados. Eventualmente huyeron y otros cuantos se quedaron acá y procrearon. Como consecuencia quedaron muchos “Betancourt“ y “Lacouture”, mis vecinos los Bodart y un obelisco en honor a la gloriosa batalla, ya empolvado en algún monte en San Pedro.

Ahora, este pueblo pasa desapercibido por la gente de la ciudad que va hacia la playa, o es el escenario anónimo de las escapadas sexuales limítrofes. Las salidas que tiene Culiacán en sus cuatro puntos cardinales están tapizadas de moteles en medio de la nada, pero mi zona, la salida Oeste, la que da con los graneros, luego la caña, seguida de girasoles , tomate y maíz, y termina en el Océano Pacífico, tiene a las noctámbulas más brillantes. Equivocadamente llamadas travestis, las trabajadoras sexuales trans son las protagonistas de la madrugada en la Carretera SIN 280.

Una vez, para que no se nos olvidara nunca la diferencia entre comportamiento asocial y antisocial, el profesor de psicología del crimen no hizo entrevistar prostitutas. Así, de las chicas aprendí que el cliente más asiduo es el narcotraficante de bajo rango, no mayor de 27, y que después de ellos, el siguiente sector demográfico eran los padres de familia de clase media que sentían vivir una doble vida. Bien decía Arendt que son siempre los más callados.

Después de un tiempo, la urgencia de irme se hizo tan grande que las mudanzas breves que ofrece la generosa vida del académico amateur ya no bastaron. La primera vez que me fui, llegué a la solemmmne Ciudad de México, donde mi voz resultaba bélica y mi acento 50% costa 50% sierra 100% rancho era la novedad en todo gathering. Volví con gusto el año pasado y visité la casa del buen Raúl, donde vimos Midnight Cowboy y se nos unió su gato. Fue mágico porque la vi en el momento justo. Yo era Joe Buck, el texano mal puesto en Nueva York. Era Joe Buck dando las buenas tardes a los mayores que se me cruzaran en el camino, era Joe Buck muriéndome de frío en Junio, era Joe Buck extrañando el desayuno campirano.


Cuando volví a casa, me pasó lo contrario que a Fermina Daza, cuando después de ser enviada a vivir con sus parientes para olvidar a Florentino Ariza, vuelve a la costa y se da cuenta que el agua apesta y su amado es horrendo. Yo en cambio re-descubrí mi pueblito y  le pedí diario por una semana a mi abuela que me hablara, por ejemplo, de la comunidad gitana que se asentaba cada cuando a unos metros de su casa, en la planicie donde no vivía nadie. Yo tengo un muy tenue recuerdo de ellos pero cuando era niña mi mamá me decía que venían de Hungría, que hablaban muy poco español y que una vez una anciana le leyó la mano. Le dijo que el bebé que esperaba era niña y una sola, no dos como todos pensaban. Tenía razón porque la bebé fui yo y a pesar que el doctor todo el tiempo dijo que se escuchaban dos corazones, con el tiempo los latidos se volvieron uno solo. La caravana un día desapareció como hacía siempre, con la diferencia de que no volvieron más, y ahora en ese llano hay una tienda de autoservicio.

En quinto grado, el profesor de geografía, portador profesional de celular en el cinturón y persona que se encuentra en el Top 10 de mis humanos favoritos de la infancia, vio que teníamos problema diferenciando a los pueblos nómadas de los sedentarios. Nos explicó que las civilizaciones florecieron cuando descubrimos la agricultura y la ganadería, razón por la cual nos volvimos sedentarios; pero que la humanidad no sería lo que es de no haber sido por nuestro instinto nómada.

Nuestra ciudad es una de nómadas y sedentarios; una mezcla de originarios que bendecidos con 11 ríos nos convirtieron en la capital agrícola de América Latina, y de luteranos germánicos que subieron a la sierra a hacer lácteos, de franceses que venían a la guerra y se quedaron a musicalizar la costa, de griegos que vinieron a plantar uvas, de chinos que bajaron de las minas y se quedaron al comercio, o del vasco-italiano loco que se aventuró hasta acá en una canoa, y en una táctica digna de Genghis Khan procreó a miles de descendientes, entre ellos un general de la revolución, un medallista olímpico, un diplomático, y esta humilde empleada del Aeropuerto Internacional de Culiacán que se acaba de quedar sin clientes porque el vuelo a Phoenix se cambió de sala de abordaje.






miércoles, 19 de octubre de 2016

Jack Kerouac para mujeres

De todas las formas posibles en las que puedo iniciar esta entrada, me he decidido por la verdad sin censura: hay dentro de mí una pequeña ladrona. Hace tiempo, cuando apenas pasaba del metro de altura, era tal vez una de las ladronas más prolíficas en edad preescolar de las que se tenga registro. Bueno, tal vez no fui una criminal seria con motivos, pero creo que eso lo hace aún peor: lo hacía sólo porque podía

Hay decenas de historias que podría contar sobre mis días fuera de la ley, pero la razón por la que estamos aquí reunidos es otra y una sola: he secuestrado un libro. Lo privé de la libertad. Me he adueñado de su existencia. Y para no perder la costumbre, como pasaba en los viejos días de gloria, fue sin motivo ni necesidad. En mi débil e irrelevante defensa sólo puedo decir que no estaba sobria en el momento del siniestro.



Está bien, está bien, me lo llevé en la fiesta de una chica que no conozco, en una casa en una ciudad que no es la mía (¿cuantas historias en estas mismas circunstancias no terminaron en tragedia?). Al principio bromeaba con tomarlo y lo metí a mi mochila, para encontrarlo ahí la mañana siguiente, cual comedia de los 90s donde un par de ladrones secuestran a un bebé por accidente (no sé si sea un recurso fílmico establecido pero yo así recuerdo al menos 3 películas). Y tal como en esas historias que el bebé resulta ser hijo de un alguien, mi víctima no era cualquier libro sino el puto On the Road del puto de Kerouac, Jesús bendito. 

A saber:


  • He querido leer ese libro por años, pero nunca encontraba la versión en inglés con una portada decente. And I’m all about the looks.

  • En mi posición de cronista nerd, siempre he querido saber qué hay de todo ese fuzz con la llamada biblia de la Beat Generation: la idea de un grupo de tronados revolucionando la literatura occidental me entretiene sobremanera.
  • No sé qué tanto importe, pero Kerouac está en mi top 3 de apellidos que suenan a arcadas, junto con Degas y Skarsgard.

No está en su idioma original (bummer number one), y la portada es la más horrible que he visto (bummer number two), pero en el momento en que lo tuve en mis manos supe qué quería hacer con él (además de por supuesto, regresarlo con una nota de anti-secuestro a su dueña, lo que tal vez haga recién lo termine). Estos últimos años, la perspectiva de género ha tomado mucha fuerza en la forma que veo el mundo. O tal vez esa forma de ponerlo no le haga justicia a lo que en realidad me pasa… la verdad es que la conciencia de género me entra como transformación de Power Rangers armando un mecha gigante cada que veo una inconsistencia de posturas, o cualquier cosa verdad de Dios,  y en esta ocasión le toca al señor Kerouac ser víctima de mi escrutinio (seré considerada, lo prometo).

La crítica a On the Road de Kerouac en el ambiente femenino siempre se orilla a la objetivación de las mujeres, de cómo aparecen listadas junto a otros ítems como objetos de placer (noté que usualmente calificaba las ciudades a las que llegarían por la calidad y maleabilidad de sus mujeres) pero en mi muy humilde opinión, uno no le pide peras al olmo, uno no le pide manzanas al naranjo… uno no le pide consciencia de género al veinteañero errante en la década de los 40s.




No no no, hay que ser más justos con el contexto y la socialización de cada quién. Kerouac es uno de esos nombres que te suenan por primera vez a los 14 años, y que dependiendo el camino que tomes en la vida, tal vez no vuelvas a escuchar. Yo lo volví a escuchar a los 18, cuando en una columna para The Atlantic, la escritora Kelsey McKinney logró marcarme con la veracidad de esta frase: ‘’No hay Jack Kerouacs ni Holden Caulfield para mujeres. Las mujeres en la literatura no toman road trips para encontrarse a sí mismas, sólo los caminos necesarios para encontrar un hombre’’. Y entonces, si hago memoria, creo que sí puedo encontrar una parte de On the Road que me hizo mirar la página sin enfocar la vista por casi cinco minutos; Sal Paradise, el protagonista vagabundo-hip, al llegar a Wyoming y conseguirse a una chica para mejorar la noche, se termina encontrando atrapado con ella en un punto donde sólo caminan en medio de la nada (en medio de la noche).  

—¿Qué hacemos ahora?
Ella me respondió que quería volver a casa, en Colorado, justo al otro lado de la frontera sur de Cheyenne
—Te llevaré en autobús —le dije.
—No, el autobús para en la autopista y tendría que caminar sola por esa maldita pradera. Me paso todas las tardes mirándola y no tengo ánimos para atravesarla de noche.
—¿Miedo? ¿De qué rayos hablas? seguro es un paseo agradable entre flores silvestres (On The Road, pg. 52)

(Para contextualizar un poco, el personaje masculino había pasado noches bajo un árbol, estaciones de autobús y vías del tren un par de páginas antes). ’’Pero qué chica más idiota’’ recordaba Sal Paradise sobre esa mujer en Wyoming que no pensaba volver a ver nunca.

Y bueno, citando a las mejores piernas de Australia, Nicole Kidman: ‘’IF. YOU. MEN. ONLY. KNEW.’’

Si nunca has sentido esa incertidumbre de la que habla la mujer en Wyoming, lo más que puedo hacer para que entiendas un poco lo que es ser ella, sería, por ejemplo, imaginar que cierras tu casa antes de salir, y te das cuenta muy tarde que las llaves se quedaron adentro. Ahora estás en ese limbo de no poder entrar a casa y saber que probablemente tengas que dormir con alguien más esa noche. ¿Qué me asegura que alguien de la fiesta está dispuesto a aceptarme dentro de su casa hoy? ¿Qué tal si alguien se aprovecha de mi situación mientras no estoy y se lleva todo? ¿…y si al llamar a la policía para reportar el robo me terminan diciendo que fue mi culpa por irme sin llamar al cerrajero antes? Pero… todo mundo pierde las llaves ¿no? digo, robar ES ROBAR ¿NO?

Tal vez la analogía no se entienda a la primera, y está bien. Como aclaré en un principio, esta es una entrada honesta, así que aquí va otra verdad: a mí me tomó mucho tiempo empatizar con la mujer en Wyoming, y creo que aún el día de hoy me es difícil verme en ella. Yo sin dudarlo hubiera visto flores silvestres antes que un camino oscuro, aunque siendo muy justos, usarme a mí como referente de todo el género femenino es un error imperdonable. Ya que, como aprendería a lo largo de estos últimos años: que no me pase a mí no significa que no pase.

La primera mitad del siglo XX es para mí una época en blanco y negro caracterizada por mujeres viendo por la ventana. Edward Hopper, pintor norteamericano, es famoso por sus juegos arquitectónicos, el uso de luz-sombra y el cautiverio solitario de sus mujeres. En su pintura más famosa, Nighthawks (1942) un grupo de noctámbulos está en un dinner en lo que parece ser la casi madrugada, y entre ellos, una mujer que acompaña a un hombre. En la película Hard Candy de 2005, una joven Ellen Page dice respecto a la pintura «No es justo, todo lo interesante pasa en medio de la noche, cuando estoy totalmente fuera del panorama». Mientras ocurre esta conversación —con un hombre mayor de edad que está dispuesto a todo— alcanzamos a ver el cartel de un chica desaparecida; Hard Candy es un film de denuncia además de casi cuento de hadas, donde el depredador se convierte en la víctima y una niña regresa a casa a salvo.



¿Y qué pasa cuando una quiere ser parte del panorama en medio de la noche o incluso al atardecer? ¿Qué cuando una lo quiere hacer en una ciudad que no es la suya? ¿Y si quiero dormir bajo un árbol como Sal Paradise? ¿Y si quiero andar por la nocturna Nueva York a mis cortos 15 como Holden Caulfield? Qué distinta sería la vida. 

Patricia Highsmith es un ser muy especial para mí, una de las pocas mujeres de la Beat Generation. Lesbiana y amante del misterio, tiene la bellísima cualidad de la perspectiva propia que no te da ninguna cátedra en La Sorbona. Cuando escribía de mujeres lo hacía con pseudónimo, pero cuando escribía sus fenomenales novelas de crimen, lo hacía con una gran globalidad que no dejaba fuera a nadie. En su primera entrega de la saga Ripley se alcanza a leer: 

‘’¿Escuchaste eso? dice que somos los mejores americanos que ha conocido’’ 
‘’¿Sabes qué hubiera hecho cualquier otro americano, no? Violarla’’ dijo Tom.
Aún bajo los efectos del vino, pasada la una de la mañana, ni Dickie ni Tom tenían la más mínima idea de dónde estaban. Caminaron buscando un sitio turístico o una calle conocida en vano. Se detuvieron a orinar sobre un muro y siguieron. ‘’Si esperamos la alborada podremos ver dónde estamos’’ dijo Dickie con ánimos, ‘’sólo faltan un par de horas’’.
‘’No es lindo ver a una chica guapa volver a casa?’’ dijo Dickie.
‘’Si Marge hubiera venido con nosotros no hubiéramos podido ver a esa chica. Carajo, si Marge hubiera venido con nosotros, ya estaríamos en un hotel, y no aquí en medio de la piazza viendo media Roma’’
‘’Tienes razón’’ dijo Dickie mientras le subía el brazo al hombro. (The Talented Mr. Ripley, pg. 66-67)

De mis películas favoritas, rescato cuatro que son tan únicas de argumento, pero en esta cuestión semántica tan dolorosamente similares: hombres deambulando por una ciudad en total libertad y certidumbre de que llegarán con bien a su casa. Estas historias de fisgonearía, como Eyes Wide Shut (1999), Blow-Up (1966), Il Conformista (1970) y Taxi Driver (1976) me gustan en sentido a que me permiten ver un mundo que no conozco y que me es tremendamente nuevo. Agnes Varda, la única integrante femenina de la nueva ola francesa, tiene por su lado a Cleo de 5 à 7 (1962), mujer que hasta en el título tiene el horario medido.


Me quedo con la que tal vez es mi cita favorita de Sylvia Plath, escritora, poeta, norteamericana, aventurera; mujer lamentablemente limitada por su contexto: 

“Sí, me consume el deseo de poder mezclarme con los trabajadores del ferrocarril, con marineros y soldados —ser parte de a escena, anónima, escuchando y aprendiendo—todo esto se ve arruinado por el simple hecho de que soy una chica, una hembra en el constante peligro del acecho, la violación o el asesinato. Ese interés que me consume, interés en los hombres y sus vidas muchas veces se malentiende como un deseo de seducirlos, o como una invitación a la intimidad. Maldita sea, me encantaría poder hablar con todos de la forma más profunda. Quiero tener el poder de dormir al aire libre, de viajar al Oeste, de caminar libre en la noche...” (Sylvia Plath, 1959


Dejo en negritas el año para que se aprecie lo mucho que aún nos falta.
Ni una menos.


viernes, 15 de julio de 2016

Trivial Pursuit of Knowledge

Según mucha gente, hasta la fecha se han podido diferenciar 8 tipos de inteligencia, cada una con su je ne sais quoi. Está la gente que se mueve con ritmo y gracia (zafo); o los que tienen todo muy estructurado por dentro y le encuentran gran sentido a los números (zafo); están los subnormales que disfrutan de la tierra (pff); también los hay quienes podrían mantener la paz entre las naciones, y hay otros con el toque natural de mantener la paz en sus adentros (about:blank); yo a veces me considero en el equipo de los que saben usar bien los ojos (las presentaciones de PowerPoint son mi talento en la vida ejej); pero por sobre todas las cosas, fui arrojada en la celda de los perdedores a los que les gusta acomodar las letras. Igual que Voltaire, bien podría dar mi vida por la palabra (creo).

El talento de juntar palabras y tirar un punto y una coma por ahí no viene solo. Mi parte preferida es la etimología, que es algo así como la vida y obra de la palabra; es la ropa que se pone y que te ayuda a saber quién es y en qué trabaja aunque nunca antes la hayas visto (? …y no sé, conocer una pizca de etimología me salva el pellejo muy de vez en cuando ¿se considera trampa? No sé, no sé… pero algo que he descubierto es que en ocasiones –más siempre que nunca– conocer una nadita de etimología y lenguaje te da un plus para la trivia (algún día podré explicar el por qué, lo juro). 






Una vez en el tercer grado el profesor preguntó ¿qué es una estatua ecuestre? y hubo un silencio sombrío en el salón. Levanté la mano y dije con toda la confianza del mundo ¡las que son arriba de caballos! La respuesta era correcta, pero lo difícil era explicar cómo lo supe sin sonar como una intensa (yo tengo la maldición de ser muy pegajosa y rara vez se me olvida algo). Nunca antes había escuchado la palabra ecuestre, pero sabía que al deporte de montar a caballo se le llamaba equitación, también sabía gracias al Larousse ilustrado del que me gustaba ver las fotos que el nombre científico del caballo es equus caballus –a los cuales también en ocasiones se les llama equinos–. Y para colmo, la estatua con la que más estaba familiarizada en aquél entonces era una de Emiliano Zapata cabalgando que estaba cerca de la casa de mi tía, y cuyo referente era el caballito. ¿Seguros que no es hacer trampa?

Esto me pasa casi diario desde que tengo memoria, y cuando vi Slumdog Millionaire por primera vez pensé ‘‘esta es la mejor idea de guion que he visto wtf’’; trivia es mi segundo nombre (mentiras). Quien no ha visto Slumdog Millionaire tiene que saber que  es la historia de un chico de los barrios bajos de la enorme Bombay contada conforme el protagonista participa en la versión hindi del programa ‘‘Who Wants to be a Millionaire?’’ y cada pregunta que contesta es correcta a pesar de su vida sin educación formal y de huérfano autosuficiente. ¿Cómo supo responder preguntas que incluso universitarios y profesionistas fallan? Conocimiento empírico for the win tbh.

Al igual que Jamal Maliik, el barrio del empirismo me respalda. Una de las preguntas del filme es: ¿Quién inventó el revólver?

A)         Samuel Colt                              C) Bruce Browning 
B)         Dan Wesson                             D) James Revolver

Jamal sabe que es A) Samuel Colt porque en una ocasión, su hermano recién unido a la mafia le apunta con su revolver en la cabeza y grita ¡el hombre con la Colt 45 dice que te calles! …yo sé quién es, porque una vez en  el 2008, salió en MTV Made, el tataranieto de Samuel, Colin Colt, queriendo ser rapero, y además se puso el estúpido pseudónimo de COLT 45. Me faltó calle pero me las arreglo.

Este ñoñísimo treat de amor a la trivia lo heredé de mi papá, a quien le encantaba ponerme a prueba desde el segundo que aprendí a leer, como entrenándome para la guerra del incasamiento. Todas las mañanas que coincidíamos después del baño y antes del desayuno era de rigor el Q&A mientras mi mamá estaba en la cocina y mis hermanos seguían dormidos. ¿Cómo se dice jungla en inglés? ¿Cuál es la capital de China? ¿Qué significa la W en el nombre de George Bush? ¡JUNGLE! ¡BEIJING! ¡WALKER!


Lo mejor fue que con el tiempo sólo nos pusimos más intensos e incluso desde su casa u oficina no duda en llamarme para preguntarme mierda tipo ¿cómo se llamaba el bombardero que portaba la bomba atómica del ’45? –¡Enola Gay, en honor a la madre del piloto Paul Tibets!– Ya le estaba contando también de la canción homónima del grupo Orchestral Manouvres in the Dark cuando lo escuché reír y decirle a sus compañeros en la mesa del resraurante: ¡qué les dije!

Mi llamada favorita de toda la vida, sin embargo, va a ser aquella del año pasado, cuando ya vivía en la capital. Eran las 8:00pm, mi celular vibró y era mi papá desde la cama del hospital tras una operación, angustiadísimo:
–¡Carmen! …estoy viendo Discovery Home & Health, y me acabo de acordar que el and (&) tiene un nombre, pero se me fue ¡y no aguanto!
–Ampersand, papá
–¡AYYYY AMPERSAND! ¡Gracias hija! Click …beep …beep …beep

Esta característica de amplio bagaje de inutilidades recibe un peculiar praise cuando se es niño, pero al crecer este conocimiento se vuelve trivial, casi autista. Dos películas con excelente referencia a este fenómeno son The Royal Tenenbaums (2001) y Magnolia (1999); ambas lidian con el niño listo que eventualmente cae de gracia. ¿Ves cómo Netflix tiene categorías súper específicas tipo ‘‘Películas del siglo XX con animales cuadrúpedos protagonistas’’? Yo propongo una de ‘‘Niños con algún talento ñoño’’ porque #same.

En Tumblr muchas veces encontré text posts que hablaban de estas características







Y quién sabe, tal vez sea el tedio de tener que enfocarte en un solo tema de estudio de ahora en adelante, cuando solías ser una miscelánea; tal vez porque se acabaron las estrellitas doradas; sea lo que sea, una cosa es cierta: qué aburrido se puso todo cuando empezamos a elegir.

Una de mis clases favoritas de historia del cuarto grado fue cuando vimos un extracto de la infancia de Leonardo da Vinci leída a través de la correspondencia entre su padre y su nana.
Piero da Vinci: le ruego sea más severa con Leonardo. Lo he visitado y le encontré volando cometas. La vez anterior su interés eran los bichos, y antes de eso, recuerdo que se iba al jardín a dibujar criaturas mitológicas. Temo que nunca encuentre algo que verdaderamente le guste.
Nana: estimado signore, no hay de qué preocuparse. El joven Leonardo lo ha resuelto antes que todos nosotros: le gusta todo.



 

miércoles, 11 de mayo de 2016

The purpose of LIFE

No hay mejor ejercicio de la democracia en una sociedad capitalista que el de administrar el control remoto en una familia de 3 hijos. O al menos la mía. 3 hijos con diferencias de edad marcadas lo suficiente para identificar lo individual de cada uno, pero no tanta como para hacerlo insoportable. 

Una vez leí que en el orden del nacimiento de los hijos hay marcadas características identificables: generalmente hay en el mayor más sensatez y sentido de responsabilidad; en el menor hay una constante necesidad de estrellato y dicho sea de paso, más inmunidad a la regla parental. A los del medio, y como bien me consta, se nos brinda libre albedrío y libertad creativa. Mucho resentido por ahí dice que somos los olvidados, pero que la verdad sea dicha: ¿no es eso una fortuna?


En mi casa, que mi hermano mayor (por 4 años) tuviera el control significaba aprender cómo se construían las tuercas, las bicicletas, los puentes, los edificios, los imperios. Tengo más recuerdos de documentales de la Segunda Guerra Mundial que metas en la vida. Cuando mi hermano menor (por 2 años) tenía el control veíamos las caricaturas de costumbre, que también tienen su encanto. Casi puedo asegurar por escrito que haber visto su dosis diaria de Power Rangers es la razón por la que a diferencia de Agus y yo, él sí tiene más de cinco amigos.

Cuando a mí me tocaba el control, veíamos cosas tipo «La selva Yanomami: Venezuela salvaje» o también «Las festividades de verano en Okinawa». La gente que me es ajena (toda) siempre me ha maravillado, yo soy esa anormal que ve las ceremonias de apertura de los Juegos Olímpicos y no se pierde ni el desfile de banderas. 



Creo que es el combo completo de idioma, etnia y nacionalidad lo que conforma mi trifuerza de gente súper interesante. Desde que tengo memoria, ir a sitios turísticos es ir a ver a los turistas más que a la atracción. Como es de esperarse, geografía y lengua extranjera eran mis materias preferidas en el colegio. Paso de 0 a 100 en chinga to be honest.

A lo que voy es que, hace poco, volví a ver The Secret Life of Walter Mitty, una película de Ben Stiller sorpresivamente buena. Recuerdo los meses previos a su estreno, el trailer me intrigó muchísimo porque me dio un déjà vu muy elegante: en el quinto grado nos dieron la oportunidad de crear un cuento que formaría parte de un libro compilatorio escrito  por niños de la ciudad.  Mi cuento fue totalmente genérico, con magos y dragones incluidos en el paquete, una vía demasiado fácil y segura, de verdad. Pero de todo el libro, había un cuento que me encantaba por su sencillez, originalidad y encanto: el de mi compañera Flor.

La premisa: un club de animales en la ciudad de juntaban cada cuanto para ponerse al día con sus vidas: el gato viviendo en el techo de una escuela, el ave sobrevolando los parques (...) pero era el gusano quien siempre llegaba con las mejores anécdotas, de aquella vez que visitó la pirámides en Egipto, o a los esquimales de Alaska.  Obviamente nadie le creía por lo que el gusano dejó de frecuentarlos. Un día llenos de culpa fueron a visitarlo a su casa, que resultó ser una pila de revistas National Geographic en alguna sala de espera. No falta más que ver el trailer de Walter Mitty para comprender mi war flashback.



Esta película yo la siento casi taylor-made a mi gusto, ojalá se la pudiera mostrar a mi yo del pasado. Walter Mitty trabaja para la revista LIFE en Nueva York y tras una crisis laboral tiene que viajar a Groenlandia, Islandia, Afghanistán y Nepal. 

Si el lector está familiarizado con mi antepenúltima entrada sabrá por qué esto significa un mundo para mí. Otro personaje importante en esta película es un célebre fotógrafo para LIFE que viaja al rededor del mundo: el que por mucho tiempo fuera el trabajo de mis sueños (justo después de pianista y embajadora)

Siendo 100% honesta no sé qué diablos le pasó a ese sueño cosmopolita, pero aquí está uno haciendo lo que puede, ciudad por ciudad y un idioma a la vez. Flor, la autora, me acompañaba en mi pasión terrestre y ella soñaba con ser geóloga. Me es un placer informarles que me la topé hace unos días mientras pasaba por la facultad de Ciencias de la Tierra y el Espacio cargando un instrumento topográfico. A veces sí hay justicia en este mundo.



miércoles, 4 de mayo de 2016

Ad infinitum

Hace unos años me convertí en una acumuladora de locuciones latinas de forma casi religiosa (y bueno, que para el registro quede que he sido acumuladora toda la vida). Una de mis preferidas es «nihil sanctum est» (traducida queda como nada es sagrado) y usualmente sirve para reconocer la nula inmunidad ante la naturaleza. También la asocio con los iconoclastas, incluso los accidentales jajajaja.

Otra de ellas es «Sic transit gloria mundi» (así pasa la gloria del mundo) donde de nuevo, nada es para siempre, ni siquiera la gloria de las batallas o la brillantez de la humanidad.

Pero por sobre todas las cosas, mi frase favorita de todos los tiempos, ni siquiera en latín sino en alemán, es «La dosis hace el veneno» de Paracelso, que tratando de explicar la naturaleza de la toxicidad nos termina brindando una verdad universal: la dosis es la clave. El veneno de la serpiente, en una cantidad estratégica pasa a convertirse en el antídoto, de la misma manera que el agua, el líquido vital, en exceso logra ahogar las células y ocasionar la muerte.

Si lo piensas bien, es aplicable a todo ámbito imaginable. Algún simplón lo tradujo a «evita el exceso» o «todo con medida» pero la verdad a fin de cuentas es que la diferencia entre veneno y antídoto está simplemente en la cantidad. ¿Ves cómo nada es sagrado?



Y que lo tengo presente, a mí en estos momentos me está envenenando la tecnología móvil. Pasa que ayer tuve el insight: el iPhone con el NY Times en la derecha, el iPod con Twitter en la izquierda, al frente la laptop con una playlist reproduciéndose en 8tracks. Si alguien me arroba, si alguien me cita, si alguien me comenta me entero al instante, y la réplica la termino enviando en menos de un minuto. Estoy segura que es casi cuestión de un par de años para que nos enteremos que el WiFi nos sacará hijos deformes.

A pesar de todo, sigo en la banca de defensa de la tecnología: no me da miedo la pantalla (aunque a veces pienso que debería), pero lo admito: me está convirtiendo en una gandula insoportable. Bill Gates dijo una vez que escoge de entre sus empleados al más flojo como líder de proyecto, pues este va a encontrar la forma más fácil y sencilla de realizar una tarea en menos tiempo. Que sirva yo de ejemplo: uso la aplicación de voz para ciegos y con eso escucho los libros en lugar de leerlos. En mi defensa puedo decir que por cuestiones de logística paso 3 horas diarias en autobuses y leer en movimiento me hace dar vueltas la cabeza. Punto para Gates! 

O tal vez es sólo un mal de la cultura, tal vez es el virus contemporáneo. Louis C. K, cómico neoyorquino y mi gurú personal de estilo de vida (imagínense) habla de ello en un chiste: me quejo del WiFi lento en el avión y le grito a la aeromoza, parece que se me olvida  la maravilla que significa ESTAR VOLANDO POR EL CIELO SENTADO SOBRE TONELADAS DE METAL.

Y no sé, cuando era chica estaba bronceada por jugar béisbol en la cuadra, pero también tenía mis días de leer toda la Encarta en el PC por puro gusto. Como cuando Ed Bloom de Big Fish termina postrado en cama por crecer excesivamente y  leyendo la enciclopedia llega a la G de goldfish, y aprende que esos peces crecen según tan grande tengan la pecera y que tal vez ese pueblucho no era lugar para alguien de su tamaño. A mí la Encarta tal vez me dio una que otra lección de vida por ahí, pero por lo pronto recuerdo los artículos...

A: la letra
AA: la organización non profit 
A. A.: la aerolínea 
A. A. Milne: el creador de Winnie the Pooh (...)

O bueno, tal vez me haga falta volver al equilibrio de la infancia, tal vez la tecnología no tenga por qué ser veneno, o tal vez me encuentro en una espiral de deterioro interminable, ad infinitum ˌæd ˌɪnfɪˈnaɪtəm | [lat.]: igual y de la misma forma, para siempre y por siempre.


     
    Enviado a las 19:48 desde iPhone 4S